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La industria del “Holocausto”

Posted by amerikuajedis en julio 15, 2009

Extraído de El Jaque Mate, periódico editado por el periodista español Rafael Palacios.

La industria del ‘holocausto’
o cómo el sionismo explota el recuerdo nazi.

– Una mayoría ignora que el holocausto es la base de la financiación de Israel y, por tanto, del conflicto que aqueja Oriente Medio.

– Finkelstein argumenta que el holocausto con mayúsculas fue una construcción ideológica para fundamentar el apoyo de EEUU a Israel y, de paso, acallar al resto del mundo.

– Israel basa gran parte de su economía en las ayudas de EEUU y los pagos de Alemania.

El holocausto es definido como un suceso único e irrepetible, sin parangón en la historia y que por ello ha de ser recordado de manera única para evitar que suceda de nuevo. En principio, las organizaciones que representan familiares de las víctimas de la supuesta matanza, recibieron hasta el año 2000, en concepto de indemnización por parte del gobierno alemán, 60.000 millones de dólares. La realidad es que organizaciones como el Congreso Judío Americano, la logia masónica Bi’nai Brith y la Conferencia sobre Solicitudes Materiales Judías contra Alemania se han ocupado de gestionar ese dinero. El estado alemán regala abundante material militar a Israel que, complementado con las ingentes sumas que le regala EEUU, constituyen gran parte de la riqueza israelí, basada en la extorsión y la especulación sobre un hecho histórico que diversos estudiosos, algunos encarcelados por ello, ponen en duda. Entre ellos hay también judíos, como el norteamericano Norman Finkelstein, autor del libro “La industria del holocausto“.

LibroIndustriaHolocaustoFoto izquierda: Portada del libro de Finkelstein.

Este libro aclara, con todo lujo de citas, documentos y declaraciones, cómo los judíos sionistas vienen extorsionando a los alemanes desde 1952 y obteniendo fondos así para armarse. La madre del autor del libro, Norman Finkelstein, que sobrevivió al gueto de Varsovia, sólo recibió 3.500 dólares, mientras que, como reconoce el propio autor, muchas personas que jamás habían estado encerrados en los campos, recibieron cientos de miles de dólares. En una comparecencia parlamentaria de 23 de febrero del 2000, el gobierno alemán reconoció que sólo alrededor del 15% del dinero entregado a la Conferencia de Solicitudes Materiales llegó a las víctimas realmente. ¿A dónde fue ese dinero?

A través de las organizaciones citadas, acabó en el estado de Israel, que lo ha utilizado para armarse hasta los dientes y convertirse en el ejército más potente de la zona. Así pues, el holocausto es el culpable de las bombas que diariamente matan a palestinos y libaneses.

En España tenemos un ejemplo paradigmático: se demostró hace pocos años, que el presidente de la Asociación de Víctimas de Mauthausen, el español Enric Marco Batlló no vivió el holocausto. Un gran escándalo que se cerró con la boca pequeña, pese a que el citado Marco llegaba a llorar en muchos de los actos benéficos que organizaba.

Desde su condición de judío, Finkelstein reconoce que el holocausto con mayúsculas como suceso histórico, único e irrepetible, empezó a gestarse a finales de los cincuenta-sesenta. Hasta entonces, ni a los propios judíos les interesaba demasiado, y este hecho coincidió con la llegada de esos fondos. A ello contribuyeron tremendamente varios libros supuestamente autobiográficos, que se han demostrado falsos. Tanto The Painted Bird, del exiliado polaco Jerzy Korsinsky (un relato de las andanzas de un niño por la Polonia rural) como Fragments, de Binjamin Wilkomirsky, basado en el anterior, son inventados, con el agravante de que el segundo fue galardonado con diversos premios de literatura judía, ni siquiera es hebreo.

Finkelstein argumenta que el holocausto con mayúscula fue una construcción ideológica para fundamentar el apoyo de Estados Unidos a Israel y, de paso, acallar al resto del mundo. El reputado escritor israelí, Boas Evron, afirma: “la conciencia del holocausto es en realidad un adoctrinamiento propagandístico oficial, una producción masiva de consignas y falsas visiones del mundo, cuyo verdadero objetivo no es en absoluto la comprensión del pasado sino la manipulación del presente”.

Esta manipulación se basa en su concepción de hecho irrepetible y sin parangón, a la manera de una religión mistérica. Elie Wiesel afirma que el holocausto “es imposible de comprender ni de describir, y nunca será comprendido ni transmitido”. Es de reseñar que la palabra holocausto aparece 219 veces en el Antiguo Testamento, y era el sacrificio “en principio de animales” que el pueblo judío realizaba a Jehová.

Esa singularidad del holocausto proporcionó al pueblo judío el estado de Israel pero ni siquiera existe unanimidad respecto a la existencia de ese pueblo. El escritor judío Arthur Koestler refutó a mediados del siglo XX la existencia de un pueblo judío originario de Palestina al descubrir para el gran público el origen de los judíos askhenazis, que se establecieron en el Este de Europa (Alemania, Polonia, repúblicas bálticas, Rusia, Hungría, Ucrania, Georgia) y cuyo origen se remonta al pueblo khazar, original de la orilla del Mar Caspio, y que fue expulsado por las huestes de Gengis Khan. En el siglo IX, teniendo que elegir entre el imperio islámico y el bizantino, su monarca decidió convertirse al judaísmo, arrastrando a su pueblo a esa religión. Esa es la explicación de que una gran parte de los israelitas tengan los ojos azules y la tez blanca, pues son de raza aria, como sus antecesores, los khazares.

Este mismo argumento ha sido refrendado por el historiador israelí, Shlomo Sand, quien afirma: “El pueblo judío es una invención” en su bestseller Cuándo y cómo se inventó el pueblo judío.

El holocausto ha dado al estado judío una coartada ante el resto de seres humanos, lo que, para Boas Evron, “equivale a todas luces a cultivar deliberadamente la paranoia… Esta mentalidad perdona de antemano cualquier trato inhumano que se inflija a los no judíos, ya que la mitología dominante sostiene que todo el mundo colaboró con los nazis para destruir a la comunidad judía”.

El penúltimo capítulo de esta película que tanto afecta a la realidad que vivimos, es el asunto del oro judío en las cuentas de Suiza. Un día, las organizaciones sionistas empezaron a hablar de que muchos judíos depositaron en bancos suizos su dinero y oro pero, a consecuencia de su desaparición, esas cuentas no fueron reclamadas por sus familiares. Los sionistas (Elie Wiesel, Simon Wiesenthal y después, el Consejo de comunidades judías) se acercaron a los banqueros suizos y les dijeron que querían 20.000 millones de dólares, amenazándoles con una ola de demandas; no en vano el 40% de los despachos de abogados punteros de Nueva York, son judíos. [Curiosamente, Hitler no invadió Suiza, y eso que allí viven alemanes…].

Los banqueros suizos respondieron que lo máximo que podían hacer era realizar una auditoría y, después de soportar el acoso de los medios de comunicación mundiales, ofrecieron 600 millones, aunque el valor de las cuentas se situaba entre 170 y 269 millones de dólares. Los sionistas les respondieron con argumentos pesados: los bancos norteamericanos controlados por judíos amenazaron con retirar sus fondos de pensiones de bancos suizos. Al final, después de varios años y 600 millones de dólares empleados para defenderse de la industria del holocausto, los banqueros convinieron en pagar 1.250 millones. El acuerdo iba encaminado a reparar a tres grupos de personas: reclamantes de cuentas inactivas domiciliadas en Suiza, aquellos a los que este país había negado asilo y víctimas del régimen de trabajo esclavista.

Para justificar el dinero que reclamaban, las organizaciones sionistas aumentaron enormemente la cifra tradicional de supervivientes del holocausto (100.000) con lo que, de paso, desmontaban el mito de que nadie salía vivo de allí y ¡acercaban las cifras a lo que mantenían los negacionistas del exterminio judío! Así, a finales del año 2000, de acuerdo a las organizaciones judías, había el doble de supervivientes del holocausto que en 1945.

Cosas como éstas, son las que hicieron decir a la madre de Finkelstein: “si todas las personas que dicen haber sobrevivido el holocausto, lo hicieron: ¿a quién mató Hitler?”.

Otros de los datos que quizás llamarán la atención es que en EEUU existen siete grandes museos del holocausto (ninguno sobre los genocidios de indios o negros que, al fin y al cabo, son de allí) y más de cuatrocientas cátedras universitarias sobre el tema, aparte de que el día del holocausto se celebra en todos los estados. Actualmente, son muchos los países que encarcelan a los investigadores del holocausto que no aceptan la versión oficial de los hechos. La razón, según el disidente Ernst Zundel es que “el holocausto es la espada y el escudo del estado de Israel”. Con él se defiende (compra armas gracias a las reparaciones alemanas) y con él ataca a quien ponga en duda la legitimidad del estado de Israel y su acción en Palestina.
Medalla1
BanderasNaziIsrael
Medalla2

Arriba, foto izquierda: Banderas israeli y Nazi ondeando juntas. Derecha: Medalla acuñada por orden de Goebbels en 1933, para conmemorar la expedición Nazi-Sionista a Palestina. Una prueba más que pone de manifiesto la necesidad de investigar a fondo las conexiones entre el sionismo y el III Reich. Nota de Amerikua jedis: próximamente se publicará un capítulo de “Derrota Mundial” donde se evidencian acuerdos secretos entre judíos y altas autoridades del gobierno Nazi, que dificultaron los planes de Hitler.

¿Cuántos murieron realmente?

La cifra de muertos en el holocausto ha ido variando a lo largo de las décadas. Durante mucho tiempo, se aseguró que fueron un millón, pero también se ha hablado de millón y medio, dos, tres, y, hasta hace poco, se defendió que fueron seis millones, aunque ya pocos historiadores, incluso judíos, defienden esta cifra. La importancia de conocer el número real de muertos judíos en los campos de concentración y cómo murieron reside, como hemos visto, en que es una vía de financiación del estado de Israel.

Hoy día, nadie sabe a ciencia cierta cuántos murieron y tampoco cómo. Se ha buscado en los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau los restos de los fallecidos, supuestamente allá enterrados… y no se encontró nada. El experto en cámaras de gas, Fred Leuchter, certificó que lo que se enseña en Auschwitz no pudo albergar una cámara de gas por la sencilla razón de que los propios nazis habrían perecido por el propio gas cianuro al carecer esas instalaciones de la protección acorazada necesaria y de una chimenea suficientemente alta que hiciera salir el gas de manera segura.

La cifra de cientos de miles de gaseados al día en la primavera y verano de 1942 dada por el investigador Martin Gilbert choca con los cálculos realizados por el profesor sueco Einar Aberg publicados en 1959. “En 1938 habían en el mundo 15.688.259 judíos, según el World Almanac de 1947, según datos proporcionados a dicho Almanaque por el American Jewish Commitee y por la Jewish Statistical of the Synagogues of America. En 1948 existían en el mundo entre 15.600.000 y 18.700.000 judíos, según un artículo aparecido en el New York Times del 22 de febrero de 1948, escrito por Mr. Hanson W. Baldwin”.

Aberg hace el siguiente razonamiento: si entre el comienzo de la guerra mundial (1938) y tres años después del final (1948), la población judía en el mundo aumentó en tres millones, eso supone que, tomando los seis millones supuestamente asesinados por los nazis, el crecimiento demográfico de los judíos fue de nueve millones. Es decir, que los nueve millones de judíos supervivientes del holocausto se habrían reproducido desmesuradamente para procrear otros nueve millones. Teniendo en cuenta que una parte de esa población serían niños y ancianos no fértiles, y que muchos hombres estarían en el frente, nos encontramos ante un argumento que refuta la teoría oficial del holocausto y que alguien debería explicarnos.

Más contribuirá al escepticismo que esa cifra de seis millones de judíos asesinados ya fuera extendida como un rumor durante la I guerra mundial, al igual que el supuesto jabón que se fabricaba con los asesinados: otra más de las leyendas urbanas que han tenido que ser desmentidas por los propios historiadores oficiales.

Ni en la autobiografía del General De Gaulle (Francia) ni en la de Churchill (primer ministro británico durante la guerra) ni en la del General Eisenhower (Estados Unidos) personajes que vivieron la II guerra mundial como líderes se hace ninguna mención al holocausto.

Seguidamente, documentos con las cifras de muertos en los campos de concentración nazis, actualizadas en 1979 y 1984 respectivamente, según la Cruz Roja Internacional.

DocJudiosMuertos1

DocJudiosMuertos2

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